Mateo 6: 9-13
"Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén."
En esta oración modelo que Jesús enseñó a sus discípulos, él se refirió a varios aspectos a tener en cuenta cuando oramos: habla de alabar y santificar el nombre de nuestro Padre que está en los cielos, de someternos a su voluntad, de pedir la manifestación de su reino, de pedirle nuestro diario sustento, pedirle que nos libre de todo mal; pero la única petición que está sujeta a condiciones es la del perdón: "perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores." Y aún más, después de terminar esta oración, Jesús volvió a insistir sobre la necesidad de perdonar en los próximos dos versículos (v.14, 15): "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas."
Para entender la importancia del perdón ante los ojos de Dios, en lo primero que tenemos que meditar es cómo surgió el perdón. Para ello tenemos que remontarnos al principio de la creación. A aquel fatídico momento en el cual Adán y Eva decidieron desobedecer a Dios y actuar de acuerdo a su propia voluntad y deseos. De esta manera entró el pecado al mundo y con él la separación del hombre de Dios dando como resultado la condenación eterna. En Romanos 5:12 dice la Biblia: "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." Y en Romanos 3:23 dice: "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." Esto nos indica que en un principio el hombre disfrutaba de la gloria de Dios, pero al pecar fue destituido, y echado fuera. El hombre disfrutaba de la gloria de Dios, pero pecó y como "la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23), todos nosotros debemos morir, puesto que todos somos pecadores.
El ser humano se había condenado a sí mismo a la muerte eterna. Se plantea entonces ante Dios un dilema entre su perfecta justicia y su infinito amor. Debe llevar adelante el castigo por el pecado cometido que es la muerte, pero al mismo tiempo el amor por su creación le impulsa a hacer algo por salvarla. La respuesta divina fue el perdón mediante el sacrificio de Jesucristo. Dice Juan 3:16: "Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna."
Jesús se hizo carne con el fin de llegar al sacrificio que haría expiación por los pecados de la humanidad. Alguien tenía que morir para pagar la deuda con Dios, y murió aquel que jamás pecó ocupando el lugar de cada uno de nosotros. Dios ha perdonado los pecados de la humanidad a través del sacrificio de Jesucristo. Hoy el Espíritu Santo está proclamando a todos: "Sus pecados han sido perdonados, acudan a Jesucristo, y acepten el perdón". Los que hemos aceptado este perdón, permitiendo a Jesucristo entrar en nuestros corazones, aceptándolo como nuestro Salvador personal debemos entender que ese perdón es gratis para nosotros por la gracia de Dios, pero que a Dios si le costó. El pagó un precio muy elevado, un precio que ninguno de nosotros pudo jamás haber pagado: la vida de su único hijo. Es necesario que entendamos esto, la deuda que Jesús pagó por nosotros con su sangre en la cruz del Calvario nosotros nunca podríamos haberla pagado.
¿Puedes entender por qué debes perdonar a los que te han ofendido, así como Dios te perdonó a ti? ¿Que es muy difícil? ¿Que te cuesta mucho perdonar? Lo más probable. Pero mucho más le costó al Señor perdonarnos a nosotros. El perdón es un acto de la voluntad. Debemos querer perdonar. Tenemos que reconocer que somos débiles y que quizás nosotros solos no podamos perdonar, pero el Señor está dispuesto a ayudarnos a lograr algo que está de acuerdo a su voluntad y que va a resultar en una tremenda bendición en nuestras vidas.
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