Salmo 42: 1-2

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”

¿Alguna vez has sentido sed de Dios? ¿Entiendes lo que David sentía cuando en el pasaje de hoy escribió: “Mi alma tiene sed de Dios”? En realidad cada uno de nosotros, en el transcurso de nuestras vidas, sentirá en diferentes ocasiones “sed” y también “hambre” de muchas cosas. Muchos estudios demuestran que, además de las necesidades básicas de agua y comida, los seres humanos experimentan otras necesidades espirituales y emocionales, como amor, aceptación y seguridad, entre ellas.


Es muy común que una persona pase años buscando alguien o algo que satisfaga sus necesidades de todo tipo. Y en medio de esa búsqueda puede encontrar fracaso tras fracaso, golpe tras golpe que dejan en su vida huellas imborrables. Lo peor de todo es que, generalmente, no es capaz de entender que Dios es la única fuente de verdadera y máxima satisfacción. En él está la aceptación, la seguridad, el amor, el gozo y la paz que tanto anhela el ser humano. Como creyentes, podemos aprender mucho de estas experiencias. Quizás no tengamos muchas cosas en la vida, pero lo que verdaderamente importa es que tenemos a Dios. Y porque somos sus hijos, debemos continuamente mantener ese profundo deseo dentro de nosotros de conocer mejor a nuestro Padre celestial, pues mientras mayor sea nuestra sed y hambre de Dios, más se revelará él a nosotros. Y mientras más se revela él, más le amaremos y confiaremos en él. Esta es la relación que Dios busca con sus hijos.


Muchas personas pasan su vida preguntándose si Dios los ama. Mientras permanezcan en ese estado de duda, jamás disfrutarán de las maravillosas bendiciones del Señor. Pero cuando nosotros anhelamos su presencia y de corazón le buscamos, él abrirá nuestras mentes y nuestros corazones para que veamos cosas que de otra manera nunca hubiésemos visto. Y lo mejor de todo es que llegamos a experimentar niveles de paz, gozo y felicidad a los que sólo puede llegarse por medio de él.

David era un hombre “conforme al corazón de Dios.” (1 Samuel 13:14). Su constante anhelo era estar cerca del Señor y disfrutar plenamente de la paz y el gozo que sólo se encuentran en su presencia. Así lo manifiesta en el pasaje de hoy, y también en el Salmo 63 cuando estando escondido en el desierto de Judá, huyendo del rey Saúl y su ejército, escribió: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela.” Allí en medio de terribles circunstancias, David satisfizo su sed y hambre de Dios y encontró paz y consuelo en su santa presencia. Al igual que David, nosotros podemos satisfacer nuestra sed espiritual, bebiendo de la fuente inagotable que es nuestro Señor. Recordemos lo que dijo Jesús a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob: “…el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.” (Juan 4:14). Él es el único que puede llenar totalmente cualquier necesidad nuestra.

San Agustín de Hipona dijo: “En el hombre hay un vacío que sólo puede ser llenado por Dios”. Cuando estés totalmente convencido de esta realidad, y tomes la decisión de buscar en el Señor la satisfacción de todas tus necesidades, el Espíritu Santo pondrá en ti esa sed de Dios que te hará desearlo intensamente, y en la medida que busques su rostro, él te llenará más y más y tu comunión con el Señor será cada vez más íntima. Así tu corazón se llenará del gozo y la paz de Dios.

Hazte el propósito de pasar un tiempo cada día en la presencia de Dios. Lee la Biblia, medita en sus enseñanzas, ora, adora y alaba al Señor. Si persistes en esta rutina diaria, el Espíritu Santo te llenará de tal paz y gozo, que empezarás a sentir un intenso anhelo de disfrutar plenamente de ese tiempo. Y al igual que David podrás declarar “Dios mío, mi alma tiene sed de ti.”

Querido Padre celestial, te suplico que pongas en mi corazón una sed profunda de ti, de manera que yo sienta la necesidad de buscarte cada día y disfrutar de tu santa presencia.
En el nombre de Jesús, Amén.
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