
Isaías 55:1-3
“A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David."
A través del profeta Isaías, Dios envía una invitación a todos aquellos que están sedientos. Pero no se trata de sed física, sino sed y hambre espiritual. Es una exhortación a aquellos cuyas prioridades los alejan de lo que es verdaderamente importante: el alimento para el alma. A los que gastan el tiempo y el esfuerzo en cosas materiales que no satisfacen la sed y el hambre del alma. Esta invitación es gratis, Dios se ha hecho cargo de todos los gastos. El vino simboliza una mesa de celebración completa, gozo, alegría. La leche es el alimento tan necesario para crecer. Todo se ha planeado de manera perfecta, sólo hay que aceptar la invitación. "Venid a mí; - dice Dios - oíd, y vivirá vuestra alma."
Ochocientos años después, Jesús hace una invitación similar al mundo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga." (Mateo 11:28-30). Nuevamente se pone de manifiesto la misericordia de Dios a través de esta invitación de Jesús a venir a él todos los que están trabajados y cargados. ¿Quién no tiene una carga sobre su espalda? Ya sea física (una enfermedad, un dolor), o una carga económica (deudas, problemas financieros), o una carga emocional, o aún peor, espiritual. El descanso que el Señor ofrece es completo porque afecta primeramente el alma; viene de adentro hacia afuera trayendo paz y sosiego a quienes vienen a él, cualesquiera sean las circunstancias y por grande que sea la carga.
A través de toda la Biblia vemos el amor de Dios hacia nosotros por medio de su constante invitación a que vengamos a él. En el Antiguo Testamento, por medio de los profetas, en el Nuevo Testamento de los labios de su Hijo Jesucristo, y hasta el último libro de la Biblia continúa invitándonos. En Apocalipsis 3:20, Jesús dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” En aquellos tiempos el desayuno y el almuerzo se tomaban de manera muy similar a los tiempos actuales. Cada miembro del hogar desayunaba un poco a la carrera a medida que iban saliendo para el trabajo. El almuerzo lo tomaban en cualquier lugar donde se encontraban a esa hora. Pero la cena era algo muy distinto. Todos juntos se sentaban a la mesa y como no había televisión, ni cine, ni nada que hacer por la noche, aquel era el momento en que la familia podía compartir. Hablar acerca de las actividades del día, tranquilamente, sin apuros. Era un rato de verdadera comunión.
Cuando Jesús habla de cenar con aquel que abra la puerta de su corazón, realmente está hablando de una íntima comunión. Está mostrando su deseo de relacionarse con cada uno de nosotros de una manera especial, profunda, sincera. Aunque generalmente se usa este pasaje para invitar a los inconversos a abrir su corazón a Jesucristo, y aceptarlo como su Salvador, lo cierto es que la invitación la hace Jesús a los miembros de la iglesia en Laodicea.
Así es que seas tú creyente o no, el deseo del Señor es vivir en íntima comunión contigo. A través de esta meditación la invitación de Dios ha llegado a ti. Tú decides si la aceptas o no. Si no has recibido a Jesucristo como tu salvador, puedes orar en este momento abriendo la puerta de tu corazón, y él entrará y vivirá en comunión contigo. Si eres creyente, quizás puedas decidir en este momento acercarte más al Señor, y vivir una vida de entrega y de servicio a Dios.
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